lapiceras
Escribo con una lapicera Parker, regalo de mi viejo para uno de mis, ni pocos ni muchos, cumpleaños. El número veintitantos, más o menos. Es la primera vez que uso una lapicera de este tipo. Esta lapicera lleva escritos una novela, un relato de tinte erótico y sucio y algunos artículos. No es poco. Aunque esto de escribir es tan engañoso que, mientras sucede, yo siempre pienso que no he escrito nada anterior. Me he hartado de escribir con biromes tipo bic; o sea, he escrito mucho. Un libro de cuentos y poemas, y otro libro descomunal, de contenido descomunal asimismo, lo cual es uno y lo mismo. Eso lo escribí en tickets de llamadas telefónicas; sí, de esos que salen de la impresora fiscal, uno corta y entrega o tira a la basura. Y otras mil cosas o más en birome. Hay varios cuadernos hechos fuego, y después ceniza, y ahora nada o aire. Sin embargo he escrito infinitamente usando como lapicera la mente, y como papel, la cabeza. Infinitamente en ese territorio se ha escrito y se ha borrado y se ha sobrescrito; palimpsesto. Cuánta niebla ha cobrado forma y se ha diluido en la niebla nuevamente. Cuánta agua ha pasado. Son imposibles de recuperar esos escritos tal cual eran; pero siempre están, bajo la forma de materia prima, de cemento.
Últimamente, mi padre, irónicamente, cíclicamente, no sé si jugando, me ha regalado una hermosa lapicera plateada, que en el cabo, tiene una linterna. Se la compró a un vendedor ambulante. Yo juego prendiendo y apagándola. Da una luz blanca, suave, pero concentrada.
Todavía no la he usado como lapicera.

